miércoles, 31 de diciembre de 2008

Delfos, el fin y el principio

Este año, durante un inolvidable viaje por Grecia, cumplí un sueño: conocer el oráculo de Delfos. Era una luminosa mañana de marzo cuando salimos de Atenas hasta Tebas, bordeamos el monte Parnaso y llegamos a ese pequeño pueblo que durante siglos tomó las grandes decisiones del mundo. La chica de la cafetería nos había dibujado amablemente la ruta en una servilleta de papel, para qué más, y con la servilleta en una mano y el deseo de conocer el oráculo en la otra, condujimos hacia el oeste, hasta el mismo borde del estrecho de Corinto.

No sabía muy bien qué me iba a encontrar en Delfos. No creía que fuera lo mismo que desean encontrarse multitudes de turistas de pantalones cortos, sandalias y camisas de flores, cámara de fotos en mano, que esperan que una pitia alucinógena desde la roca les hable de su futuro exhalando fluidos y vapores. Yo pensaba que la cosa sería más discreta, pero no oculto que tenía la intuición de que el oráculo de Delfos incidiría en mi destino, quizás en sueños, o con alguna imagen borrosa. Por el momento, las columnas del templo de Apolo y los restos de los tesoros en el serpenteado camino montaña arriba activaban mi imaginación, y apuntaban hacia la imagen del lugar dos mil años atrás, cuando era visitado por los grandes personajes en busca de la respuesta a sus dudas. “Conócete a ti mismo”, estaba escrito en la entrada del templo de Apolo, ante la vista de todo viajero que buscara las palabras del oráculo.

Durante siglos de historia, Delfos produjo miles de oráculos, y muchos de ellos cambiaron el devenir de la humanidad. Pero el principal estaba en su puerta, ya perdida desde hace siglos: conocerse a sí mismo no es cualquier recomendación. Es la condición para entender que, finalmente, la decisión está en el propio conocimiento. El oráculo de Delfos simplemente extraía la enseñanza que da respuesta a cualquier pregunta. El conocimiento propio implica acción, implica pensamiento. Ni la pitia me habló, ni soñé con el oráculo. Pero aprendí con el tiempo que nada más lejano de la realidad la idea de que el oráculo de Delfos transmita un mensaje de forma automática. El oráculo no dice lo que quieres oir, sino lo que debes oir, lo que forma parte de un proceso. Después de pasar por Delfos nadie es el mismo.

Por eso, en estos últimos momentos del año mi pensamiento es para el oráculo que, como esta noche, es a la vez final y principio.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Los pilotos, nuevo sujeto revolucionario

No se lo escuché a Marta Harnecker, sino que se lo leí a Decio en un mensaje que me envió cuando le comuniqué que mi avión, gracias a la huelga "encubierta" del SEPLA, salía con varias horas de retraso. Muy gentilmente, la chica que atendía en el counter de Iberia me dio a leer un papelito donde se denunciaba que el retraso era debido a la huelga de pilotos del SEPLA, y la compañía se lavaba las manos ante cualquier responsabilidad. "Pero eso es Iberia, ¿a mí qué me cuenta?" -le repuse, resistiéndome a lo inminente. "No es Iberia, es toda Europa", respondió la mujer, que indudablemente no entendía que la "E" de SEPLA califica de español al sindicato.

Y yo la verdad es que no sé, ni me importa, si será español, en particular cuando escucho el acento de los pilotos al despegar o al aterrizar (aquello de buenos días, les habla el captain); lo que sé es que no parece que sea sindicato. O, por lo menos, los sindicatos ya no son lo que eran. Antes, qué tiempos aquellos, los sindicatos luchaban por la vida digna de los obreros, para que no acarrearan más peso del perjudicial para sus columnas, o para que pudieran disfrutar de unas horas mínimas de esparcimiento. Pero este sindicato español de pilotos lo que busca es que la T4 se quede enterita para Iberia, volar menos y cobrar más. Porque todo lo demás ya lo tienen: jubilación temprana, visa oro, hoteles de lujo y sueldo por los aires, como el boeing. Y cuando se acerca la semana santa, el verano o las navidades, échense a temblar. Esto es, todo un nuevo sujeto revolucionario, un sindicato propiamente con clase.

Pero lo peor de la historia es que tampoco el patrón es especialmente santo de mi devoción. No sólo, ni siquiera, porque el cátering de Iberia es detestable (¿pollo o paella?) cuando te lo dan, y las sillas se acortan cada vez más, como por arte de magia; tampoco porque no baje sustancialmente el precio del pasaje con el descenso del combustible, aunque fue la subida de éste último la principal excusa que pusieron a la hora del aumento espectacular que sufrieron hace no tanto. Lo peor es el trato al cliente, porque no hay nada más frustrante que tener a una compañía delante que se piensa que te chupas el dedo cuando te comentan, con toda la parsimonia del mundo, que el overbooking que te va a impedir estar el día de nochebuena en tu casa está permitido por la ley, o que las maletas llegarán en el siguiente vuelo, cuando están cruzando la isla de Tonga.

Y al final, los turrones allá, yo acá e Iberia por enmedio. En fin, feliz con Iberia, o disfruta la fruta, que diría Andrés y que, bien mirado, viene a ser lo mismo.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Lo que importa y lo que no

En el Mr. Books de El Jardín encontré hace unas semanas la versión de EDAF del Bhagavad-Gita, ese episodio del Mahabharata que sintetiza el pensamiento hinduista del que bebió el budismo. No lo estaba buscando, pero llegó. Aunque hayan pasado más de dos mil años desde que se escribió, o justamente por eso, muchas de sus partes son de una actualidad sorprendente. Entre ellas, aquella diferenciación que fue lo que más me atrajo del pensamiento budista cuando empecé a interesarme por él: la distinción entre lo que importa y lo que no importa.

El Bhagavad-Gita no lo dice exactamente así, pero la referencia, como dirían los juristas, es tácita. De hecho, no se refiere expresamente al samsara, la rueda de la vida que se repite mientras se aprende, una y otra y otra vez. Pero sí habla del pensamiento hacia adentro, es decir, del hecho de reflexionar sobre lo que realmente importa. El ejemplo del cuerpo de la tortuga que incluye el Bhagavad-Gita es difícil de superar. "Quien desvía los sentidos de todo estímulo, como la tortuga resguarda sus miembros en su caparazón, ése está sólidamente en posesión de la sabiduría". De ahí a la relación con el sufrimiento de la repetición sólo hay un paso.

En eso pensaba cuando veía con Fernando cómo rodaban las cabinas del teleférico, en una maquinaria que nunca se para. Como el samsara, pasan por delante de las personas una y otra vez, y las elevan a lo más alto, desde donde las cosas insignificantes por fin parecen insignificantes, y las cosas importantes se muestran importantes, como debe ser. Hacía sol, y la chica de enfrente sufría cuando escuchaba algún comentario sutil sobre los movimientos de la cabina o la altura a la que quedaban sus pies. El miedo a subir es el principal obstáculo para conseguirlo. Si se hubiera mantenido sentada, y no hubiera bajado en la cima, todavía estaría dando vueltas en el teleférico de Quito, elevándose y descendiendo, sin atreverse a escaparse de la repetición.

Ver desde las alturas del Wayna Pichincha es de alguna forma distinguir entre lo que es importante y lo que no. Para saber dónde se está, uno necesita salir de los condicionantes y dejar de formar parte de lo inmanente. No se trata de ver las cosas desde lo lejos, sino desde lo alto. Es la diferencia entre el recuerdo y la meditación, entre la lejanía y de la altura.

Gracias, Fernando, por el libro del Lama. Tú mismo lo escribiste: si el objetivo de esta vida es aprender, entonces tendremos que aprender.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ir para siempre regresar

Hay pocas ciudades a las que uno regresaría siempre. Mi principal es Bogotá. No sólo por la biblioteca Arango y el Juan Valdez del museo Botero, ni tampoco por el restaurante japonés de la zona T, aunque no me lo pierda en cada una de mis visitas. Ni siquiera por los teatros de la Candelaria, ni por el Café Oma de la 93, ni por el Corral de la gasolinera Texaco de la séptima y el sabor de sus hamburguesas de madrugada, casi al amanecer. En el caso de Bogotá es por los amigos que llegaron tan de repente como de repente pasaron a ser importantes en mi vida. Aparecí por la Universidad Externado hace tres años y nunca me quise ir. Fui a buscar y lo que pasó es que encontré: encontré el sabor de la verdadera hospitalidad, bañada de tarta de amapola en el café-librería de la universidad, y encontré el calor de nuevos amigos cuando creía que los amigos de verdad ya habían aparecido. Salí del Externado apresuradamente por razones profesionales que no vienen al caso, pero lo cierto, y eso lo entendí después, es que nunca llegué a irme del todo. De hecho, pocos meses más tarde soplábamos velas por mi cumpleaños en Andrés Carne de Res, y en un precioso día cerca de navidad celebrábamos la boda de Eric y Norma, y el anillo que no llegaba.

El dos de diciembre Norma cumple años. Yo quería estar allí: uno siempre debe estar donde le dice su alma. Y de alguna manera estaré, porque una vez que llegué a ellos fue para siempre regresar.

¡Feliz cumpleaños!