sábado, 17 de octubre de 2009

¿Y si todo empieza en Caral?

A unos doscientos kilómetros al norte de Lima, en el valle de Supe, se encuentra Caral, "la civilización más antigua de América" de acuerdo con lo que defienden sus promotores. Hace sesenta años fue iniciada la investigación por arqueólogos norteamericanos entre los que se encontraban Paul Kosok y Richard Schaedel. Las diferentes aproximaciones al lugar por parte de los historiadores fueron colmadas ya en la década de los noventa por la investigación de Ruth Shady, profesora de la Universidad de San Marcos y fundadora-directora del proyecto arqueológico Caral-Supe. La Dra. Shady ha hecho de Caral el centro de su vida profesional, y le ha dedicado al sitio alrededor de una decena de libros, así como un número importante de artículos científicos.

El resumen de la importancia de Caral, según sus promotores es el siguiente: en los manuales de Historia de todo el mundo, a partir del auge de las teorías difusionistas, se plantea que el neolítico apareció hace más de diez mil años en el actual medio oriente, desde donde fue extendiéndose como una balsa de aceite. Con el paso del tiempo, entre cuarto y tercer milenio a.C., se dieron las primeras civilizaciones -Ubaid, las ciudades sumerias, Egipto-, y la forma de vivir ciudadana, escritura incluida. La civilización, entendida de esa forma, tardó varios miles de años en llegar al continente americano, y su ingreso fue por el norte, a través del estrecho de Bering, como miles de años antes lo hicieron los cazadores-recolectores siberianos aprovechando la congelación de las aguas durante la glaciación. Hacia el 1.500 a.C. se desarrollarían las primeras civilizaciones del periodo formativo; la principal de ellas, la Olmeca, aparecería en Mesoamérica. Varios siglos después -alrededor del 900 a.C.- aparecería en América del Sur la primera de sus civilizaciones, Chavín, que se conformaría como columna vertebral de las culturas andinas precolombinas.

Todo eso mientras la Dra. Shady no investigó Caral.

La hipótesis de Caral -porque, de hecho, sólo puede ser considerada por ahora una hipótesis- es que milenio y medio antes de los Olmeca, al mismo tiempo que los sumerios controlaban el agua en canales y los egipcios construían las primeras pirámides-mástaba, apareció de la nada -su llegada por el norte hubiera dejado numerosas huellas en el enorme recorrido- una cultura-civilización en pleno corazón de los Andes: Caral. Y tal como apareció, desapareció, supuestamente por un alud o fenómeno meteorológico parecido. Lo que quedó fueron las estructuras que, de acuerdo con sus promotores, son el rastro inextinguido de tan precoz civilización. A partir de ahí, y sin un solo análisis del carbono 14 sobre restos humanos, nos adentramos en elucubraciones tan biensonantes como difíciles de creer sobre la creación, mantenimiento y extinción de la organización política de Caral: el carácter de ciudad sagrada, el Estado prístino, el manejo de la aritmética y la astronomía, el papel de la mujer, la predicción del clima... Un sueño.

No seré yo quien quite las ilusiones a los posibles visitantes del flamante nuevo Patrimonio de la Humanidad. De hecho, se crea o no en la cronología propuesta por sus defensores, Caral es de las visitas más motivantes que uno puede realizar en ese milagro llamado Perú. Está cerca de la capital, y junto con las huacas limeñas y -no se lo pierdan- Pachacámac, no está de más, si cuentan con un día suelto, acercarse a disfrutar de estas magníficas construcciones del valle de Supe. El paseo sirve no sólo para conocer una civilización que, dejando aparte su edad, fue impresionante; también para meditar sobre los auges y las caídas de las sociedades y en el hecho, patente, de que nada dura. Otra cosa es que ustedes crean la hipótesis de la sociedad-platillo volante, que parece más enraizada con teorías de Año Cero sobre el origen extraterrestre de las líneas de Nazca o sobre el hecho de que cuando la lava del Vesubio cubrió Pompeya lo que realmente arrasó fue un parque de atracciones romano.

Pero, eso sí, les recomiendo que no se empeñen en discutir con los guías sobre la antigüedad del sitio. Le fastidiarán el día y, peor, lo mirarán mal. Le contarán la historia de un francés que tampoco lo creía y, fíjense, acabó peor que los arqueólogos de la tumba de Tutankamón. Por si acaso, mejor escuchen, analicen y sueñen. ¿Y si, a pesar de las evidencias históricas, la lógica y los libros de texto, resulta que todo empieza en Caral?

viernes, 16 de octubre de 2009

2016 razones para coincidir con el COI

Si existe una organización aún menos democrática que Naciones Unidas es el Comité Olímpico Internacional, herencia del gran espíritu aristócrata de Coubertain, compuesto por unos señores que nadie sabe de dónde aparecen ni quién los elige. Ni siquiera los wikis; o sea, lo dicho, nadie. Un auténtico misterio que gestiona miles de millones de euros entre derechos, himnos, banderas y símbolos. Eso sí es un negocio y no las miserias de las fotocopiadoras que cobra la SGAE.

Nunca creí coincidir con el COI en nada hasta su última decisión. Ver al Rey Juan Carlos de Borbón -el máximo representante de las relaciones internacionales españolas que, como a los del COI, nadie nunca ha elegido- paseándose entre sus amigos de viajes y barcos, y el desfile de deportistas de élite -más de la mitad del presupuesto estatal en deporte-, alcaldes, presidentes del gobierno, presidentes de la oposición, etc., me causó profunda tristeza. Pensé que con Obama en las cercanías y Zapatero rondando los señores del COI acabarían decidiéndose por Chicago o por Madrid. Lula, al fin y al cabo, era más una promesa que una realidad. Hace unos meses, en Río, pude comprobar como ni los mismos cariocas pensaban que se les daría la oportunidad de celebrar unos juegos olímpicos. La ciudad maravillosa no está preparada, decían, y hay muchos intereses en contra.

Pero me sorprendió gratamente la decisión de los comerciantes olímpicos. Al igual que Andrés (vean sus acertados comentarios en mi blog recomendado) yo también me quedaría mil veces antes con Río que con cualquier otra ciudad candidata, y esto incluye, desde luego, Madrid. Por el precio de cuatro quisquillas y un plato de calamares a la romana en las cercanías de la Gran Vía, en Leme, al norte de Copacabana, pueden ustedes hartarse de marisco hasta decir basta, lo que incluye ostras frescas, langosta, cangrejos, y todo pescado imaginable del Atlántico. Los plásticos y basuras varias en las estaciones de metro madrileñas pueden cambiarlas por la subida a Santa Teresa cerro arriba con el siempre repleto bondinho, ese trenecito encantador que con certeza no pasaría ninguna medida de seguridad homologada en Europa; pero en Río esos detalles parecen menos importantes. Una vez en la cima del morro pueden escuchar las melodías de Elis Regina en la voz, siempre suave, de cualquier aficionado a la bossa nova, ente paredes viejas y pintadas de colores. El gin tonic en los intentos de botellón de la calle Huertas no aguantan comparación alguna con la caipirinha agridulce en cualquiera de los quiosquitos de Copacabana, frente al bairro Peixoto, o en Arpoador, cerca Ipanema. Los semáforos son para los peatones en la avenida Atlántica cuando los domingos se cierra al tráfico, y cariocas y turistas se mezclan en un paseo interminable, junto a la espuma de la playa, que sabe a agua de coco y huele a piel soleada. Las relucientes aceras madrileñas, cambiadas cada pocos años, palidecen al lado de las sinuosas líneas de Niemeyer, que mantenidas durante décadas han hecho del reflejo de Copacabana la inspiración de los paseos de playa que se precien de serlo. En fin, hay que decirlo, haría falta mucha imaginación para que un cantautor inspirado dedicara una pieza a la T4; poco tendría que ver con la magistral Samba do Aviao que compuso Tom Jobim para el aeropuerto de Galeao, aquel samba que comienza susurrando minha alma canta, vejo o Rio de Janeiro, estou morrendo de saudade.... (http://www.youtube.com/watch?v=W8a0-yEY9gs). 2016 razones o más: la tranquilidad de Urca, las noches de Ipanema, las sorpresas del centro, las vistas a la bahía de Guanabara, la música en los arcos de Lapa...

Así que, sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con los señores de Lausana, y alabo su buen gusto. Si continúan buscando ese tipo de aciertos, déjenme que de cara a los siguientes juegos les recomiende una ciudad africana que sería una perfecta candidata: Marrakech. Aunque esa sugestión necesitará ser explicada en otro momento.