domingo 11 de diciembre de 2011

¿El Papa sabe lo vuestro?


Ninguna novedad respecto al sincretismo. Al fin y al cabo, su eficacia ha sido demostrada a lo largo de los siglos. Los romanos fueron unos maestros adoptando todo tipo de deidades con tal de que se adaptaran a la naturaleza politeísta del Imperio. De ahí el problema con el cristianismo: el dios único anulaba a la multiplicidad, y no había concesiones. ¿O sí? Bueno, siempre quedaban vírgenes, santos, o la mismísima y difícilmente explicable trinidad, tres en uno, que podían servir de válvula de escape a los paganos que debían convertirse a la cristiandad. De alguna forma podían seguir creyendo en sus deidades y adorar al mismo tiempo al dios único y verdadero. Al fin y al cabo, la palabra "Dios" no es otra que el "Zeus" griego, latinizado.


Escaleras de la Iglesia de Santo Tomás
















El cristianismo, en efecto, aprendió bien. No en vano se convirtió en la religión oficial del imperio, sustituyendo así el nacimiento de Jesús al del Sol Invicto (Apolo Helios), o la festividad dedicada a Mitra. No era grave, al fin y al cabo la celebración se trataba del solsticio de invierno, que no podía representar otra cosa que principio del fin de la oscuridad y la esperanza de una nueva luz.




Interior de la Iglesia.
El fuego que alaba a las deidades
El sincretismo sigue siendo una de las realidades sociológicas de nuestro mundo, y así nos va, por profanos. Hay sociedades que lo viven sin ningún tipo de tapujos. Uno podría pensar que se trata de prácticas más o menos toleradas, pero nunca oficialmente seguidas. Al fin y al cabo, la Iglesia católica, apostólica y romana, mantiene su doctrina (estipulaciones doctrinarias) y su catecismo (etimológicamente, la voz de los actores griegos haciendo eco desde sus máscaras). Pero va y uno llega a Chichicastenango, una belleza dentro de otra belleza llamada Guatemala, y lo primero que ve a los lados del mercado maya son dos iglesias blancas, impolutas, alzadas una frente a la otra, como gemelas destinadas a mirarse sin tregua. 

La del fondo es el Calvario del Señor Sepultado, donde se venera al Cristo yacente. Con un poco de suerte, si se asoma por la última entrada, podrá ver, e incluso conversar (especialmente si cuenta con rudimentos de quiché), con el párroco que estará leyendo el futuro con frijoles, aconsejando al vecino que sufre de mal de amores. Debe tratarse de problemas graves, así que mejor dejemos que realicen su adivinación con tranquilidad detrás de la pared donde se venera al Cristo.

Crucemos el mercado, entre figuras de santos y estatuas de dioses mayas que conviven en paz, y subamos los dieciocho peldaños de la Iglesia de Santo Tomás; recuerden, una grada por mes del calendario sagrado maya, todo un homenaje a las viejas creencias del Popol Vuh, que por cierto fue redescubierto en Chichi. Desde la entrada al sagrado recinto comenzarán a percibir olores a vela consumida y a elementos quemados. Lo que vea cuando entre no será una hoguera cualquiera; es una ofrenda a los dioses maya que se realiza en el interior de la iglesia, sin rodeos.

Dios y los dioses conviven en paz en Santo Tomás, y los curas del Calvario adivinan el futuro sin que eso les genere ningún trauma existencial. Los dioses son más sabios que los humanos, no hay duda. Pero no sabemos lo que pasará en el futuro, porque yo me pregunto, ¿y si el Papa se entera de lo vuestro?

miércoles 22 de diciembre de 2010

La noche más larga


Incluso con todas las celebraciones, o quizás con su colaboración, noviembre y diciembre son en este cansado hemisferio norte difíciles de avanzar y superar. La oscuridad se alarga en una tierra que se crece con la luz y mengua con el frío, y el invierno tiene como efecto que cada uno se esconda donde pueda esconderse o donde le dejen. Con el alma pasa algo por el estilo. Lo que en otro momento son fuerzas y vistas al horizonte pasan a ser reflexiones algo negras y miradas de reojo.

Es fácil sentirlo: durante la larga noche del 22 de diciembre el mal está en el auge de sus fuerzas. Más de mil años antes de nuestra era, los persas sabían que, como la materia fue creada con la antimateria, el dios del fuego y la luz sólo podía haber existido siempre con el de la oscuridad y el mal. La sustancia dual implica que todo Ahura Mazda conlleve su Angra Manyu. Durante la noche más larga, el solsticio de invierno, las fuerzas del mal campaban a sus anchas, y con la llegada del día siguiente se celebraba que una vez más había vencido el sol. De nuevo la seguridad de que llegaría la luz. Hace mil seiscientos años, los cristianos decidieron que el solsticio también debía simbolizar el nacimiento de Jesús. El cristianismo nunca ha sido muy original en esas cosas.

Pero lo cierto es que la historia no puede acabar. La llegada de la noche más larga es el fin del ciclo que empezó entre hogueras de San Juan con sabor a playa, pero a su vez nos anuncia que habrá otro primer día después de la noche más corta. Y que regresará la oscuridad. Es el momento de recordar el esqueleto barroco envuelto en el sudario que mira al vacío desde la pared inferior de Santa Maria del Popolo, bajo el cual se nos advierte neque illic mortuus; todavía está muerto allí. En efecto, la noche más larga es la de los demonios, pero sin los demonios ¿podríamos haber vivido algo alguna vez?


domingo 6 de junio de 2010

Hablando japonés en Sampa

No, no es un mercado callejero de Tokio, aunque lo parezca. Es una tienda del barrio japonés de Sao Paulo, esa ciudad de contrastes y revelaciones que los brasileños llaman cariñosamente Sampa. Pasan los años y Sao Paulo sigue siendo una cajita de sorpresas con sabor a añejo. La añejada proviene de quince años, que no está del todo mal. En aquel momento me encontré envuelto sin querer en las historias de una ciudad como la que nunca había soñado abarcar. Los atardeceres en Anhangabahú -el valle del diablo-, cruzar el puente del Chai frente a la ópera, la pasta de las trattorias de Bechiga -mejores que las napolitanas, mi spiace bella Napoli-, la catedral neogótica y neoghotica -Batman dixit-, la frescura de Jardims, y los domingos en el MASP y el Trianon. Recorrer con Cicero algunos recovecos que no podrían calificar para gente de bien. Dormir en el Ca d´Oro por el retraso de la VARIG prequiebra, y ver espectáculos en vivo en bares poco confiables de la plaza Roosevelt como nunca más he podido repetir... salvo alguna excepción que otra donde, lamentablemente y por salud pública, ya han echado el candado (aquellas "calles" bogotanas que conocí con Fernando y Andrés).

Y, por supuesto, el barrio japonés, en el que la salida del metro sorprende con los farolitos rojos y blancos, donde la gente habla en japonés y come comida japonesa a cien metros de las mismas calles donde sirven faropa y zumo de açaí. Se trata de cambiar de mundo sin cambiar de ciudad. Así es Sao Paulo. Dar la vuelta a la terraza del Circolo Romano y relajar la vista hacia el horizonte, imposible de alcanzar, sugiere (sólo sugiere) dónde se está: en un mundo propio. Cuánta razón tenía Marlene Dietrich en aquella frase que venía en mi primera guía turística de Brasil, que imagino conservo en alguna estantería de la biblioteca; más o menos, decía Marlene, que sí, que Río es muy bonita. Pero Sao Paulo... Sao Paulo es una ciudad.

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viernes 23 de abril de 2010

Las Alasitas y la pintura de Santa Cruz

A las puertas del carnaval, es tradición paceña comprar deseos en pequeño. El mercado de las Alasitas es un rito, donde uno elige qué desea para el futuro cercano: si es una casa nueva, o reparar la suya, adquiere una miniatura de construcción con sus carros de obra y con garaje. Si prefiere viajar, un pasaporte que cabe en la palma de la mano. Así se pueden comprar objetos pequeños para casarse, para tener salud, para conseguir el título universitario... y por supuesto, dinero. Montoncitos de dólares y de bolivianos en tamaño miniatura que harían las delicias de los pequeños. Pero cuidado: con las Alasitas no se juega. La cosa va en serio. Que se lo pregunten si no a aquella señora que con ilusión llevó sus "alasitas" a los parientes en los Estados Unidos y la detuvieron en la aduana norteamericana por falsificación de moneda.

Desde la primera vez que me llevó Alejandro, hace algunos años, intento no perderme unas Alasitas. En esta última ocasión, con Katia y más amigos hicimos cola ante un tata indígena que con murmuros y ungüentos extraños, y frente a unas brasas con olor a incienso, nos "challó" todo el material que habíamos comprado, y que era mucho. La "challa" es una especie de bendición realizada a través de un rito perdido en los tiempos, y que activa la magia de las alasitas. Puede funcionar o no, pero eso es lo de menos.


A los pocos días de las Alasitas acontecen inevi-tablemente los carnavales. Los paceños son particularmente callejeros y musicales y, aunque los carnavales de Oruro son patrimonio intangible de la humanidad, yo disfruté también La Paz vestido de pepino en aquel traje que me regaló Marcela y con el que caminé por toda la 6 de Agosto ante la sorpresa de propios, extraños, y la mía. El pepino es el arlequín paceño, representación del anonimato; todos los disfraces son parecidos.

Pero el acierto este año fue conocer la locura cruceña. Los carnavales de Santa Cruz son especialmente coloridos, porque la gente entra en trance durante unos días y se empeña en mojarse con pintura que permanece durante semanas en la piel. Al trabajo se llega, después de los carnavales, de colores. Algunas de las paredes de la capital camba, especialmente en el centro, amanecen con los colorines, imagino que para disgusto de los dueños de las casas. Los previsores cubren puertas y muros pero, al final, no sirve de mucho. Al final, también es lo de menos.

Entre las Alasitas paceñas y los carnavales de Santa Cruz hay un hilo tejedor que envuelve ambas realidades. Personas soñando que se enfrentan a sus deseos, y personas riendo que hacen frente a los colores perdurables. Dueños, deseos, risas y colores es lo que define a la Bolivia de hoy. Ya tengo reserva para el próximo año.

sábado 2 de enero de 2010

Si no hay final no hay principio

El hecho de que el Cabo de La Nao fuera el entorno de mi infancia y adolescencia tenía algunos efectos particulares. Quizás uno de los más prácticos era recibir el nuevo año mirando hacia la salida del sol. Es lo que nos pasa a los del mediterráneo occidental: que hemos vivido saludando a los amaneceres. Levantarse al alba para ver la diminuta esfera solar era obligado después de una noche como la última del año, cuando con sabor a leña, los ojos achinados por el sueño y algo de frío, nos cobijábamos bajo los abrazos para disfrutar del aire fresco de la mañana y de los primeros rayos del nuevo periodo que parecía abrirse ante nosotros.

Quizás sea por la madurez que necesariamente conlleva el paso del tiempo, pero ahora prefiero disfrutar de los atardeceres, y apuesto por éstos durante el último día del año. Mirar por ejemplo al Pacífico desde las alturas de Barranco, ese extraño barrio limeño donde parece que no haya pasado el tiempo, significa darse cuenta más de lo que se ha ido que de lo que será. Claro que una cosa incorpora la otra. El atardecer de Barranco no es más intenso que el amanecer mediterráneo, pero seguramente sí es más real. El amanecer lo observábamos con cierto cansancio y deseo; el atardecer, con algo de nostalgia pero con muchas ilusiones puestas en lo que promete el hecho de que algo termine.

Como recuerdo que decía Remo durante las noches de verano de Xàbia, si no hay final no hay principio. O lo que es lo mismo, como le comentaba a Ángela hace unos días, es difícil entender de mejor manera el principio que viendo el final. Buda decía: abre los ojos, percátate de la realidad. El atardecer es la realidad, porque viene inmediatamente seguido por un nuevo nacimiento. Y si es en Barranco, donde un indígena del altiplano que mira de soslayo es capaz de leer tu futuro en las hojas de coca -seguramente en tus ojos, pero la hoja de coca es más inspiradora-, ¿qué mejor manera de darse cuenta de que si no hay final, no hay principio, que disfrutando del último atardecer del mundo?

sábado 17 de octubre de 2009

¿Y si todo empieza en Caral?

A unos doscientos kilómetros al norte de Lima, en el valle de Supe, se encuentra Caral, "la civilización más antigua de América" de acuerdo con lo que defienden sus promotores. Hace sesenta años fue iniciada la investigación por arqueólogos norteamericanos entre los que se encontraban Paul Kosok y Richard Schaedel. Las diferentes aproximaciones al lugar por parte de los historiadores fueron colmadas ya en la década de los noventa por la investigación de Ruth Shady, profesora de la Universidad de San Marcos y fundadora-directora del proyecto arqueológico Caral-Supe. La Dra. Shady ha hecho de Caral el centro de su vida profesional, y le ha dedicado al sitio alrededor de una decena de libros, así como un número importante de artículos científicos.

El resumen de la importancia de Caral, según sus promotores es el siguiente: en los manuales de Historia de todo el mundo, a partir del auge de las teorías difusionistas, se plantea que el neolítico apareció hace más de diez mil años en el actual medio oriente, desde donde fue extendiéndose como una balsa de aceite. Con el paso del tiempo, entre cuarto y tercer milenio a.C., se dieron las primeras civilizaciones -Ubaid, las ciudades sumerias, Egipto-, y la forma de vivir ciudadana, escritura incluida. La civilización, entendida de esa forma, tardó varios miles de años en llegar al continente americano, y su ingreso fue por el norte, a través del estrecho de Bering, como miles de años antes lo hicieron los cazadores-recolectores siberianos aprovechando la congelación de las aguas durante la glaciación. Hacia el 1.500 a.C. se desarrollarían las primeras civilizaciones del periodo formativo; la principal de ellas, la Olmeca, aparecería en Mesoamérica. Varios siglos después -alrededor del 900 a.C.- aparecería en América del Sur la primera de sus civilizaciones, Chavín, que se conformaría como columna vertebral de las culturas andinas precolombinas.

Todo eso mientras la Dra. Shady no investigó Caral.

La hipótesis de Caral -porque, de hecho, sólo puede ser considerada por ahora una hipótesis- es que milenio y medio antes de los Olmeca, al mismo tiempo que los sumerios controlaban el agua en canales y los egipcios construían las primeras pirámides-mástaba, apareció de la nada -su llegada por el norte hubiera dejado numerosas huellas en el enorme recorrido- una cultura-civilización en pleno corazón de los Andes: Caral. Y tal como apareció, desapareció, supuestamente por un alud o fenómeno meteorológico parecido. Lo que quedó fueron las estructuras que, de acuerdo con sus promotores, son el rastro inextinguido de tan precoz civilización. A partir de ahí, y sin un solo análisis del carbono 14 sobre restos humanos, nos adentramos en elucubraciones tan biensonantes como difíciles de creer sobre la creación, mantenimiento y extinción de la organización política de Caral: el carácter de ciudad sagrada, el Estado prístino, el manejo de la aritmética y la astronomía, el papel de la mujer, la predicción del clima... Un sueño.

No seré yo quien quite las ilusiones a los posibles visitantes del flamante nuevo Patrimonio de la Humanidad. De hecho, se crea o no en la cronología propuesta por sus defensores, Caral es de las visitas más motivantes que uno puede realizar en ese milagro llamado Perú. Está cerca de la capital, y junto con las huacas limeñas y -no se lo pierdan- Pachacámac, no está de más, si cuentan con un día suelto, acercarse a disfrutar de estas magníficas construcciones del valle de Supe. El paseo sirve no sólo para conocer una civilización que, dejando aparte su edad, fue impresionante; también para meditar sobre los auges y las caídas de las sociedades y en el hecho, patente, de que nada dura. Otra cosa es que ustedes crean la hipótesis de la sociedad-platillo volante, que parece más enraizada con teorías de Año Cero sobre el origen extraterrestre de las líneas de Nazca o sobre el hecho de que cuando la lava del Vesubio cubrió Pompeya lo que realmente arrasó fue un parque de atracciones romano.

Pero, eso sí, les recomiendo que no se empeñen en discutir con los guías sobre la antigüedad del sitio. Le fastidiarán el día y, peor, lo mirarán mal. Le contarán la historia de un francés que tampoco lo creía y, fíjense, acabó peor que los arqueólogos de la tumba de Tutankamón. Por si acaso, mejor escuchen, analicen y sueñen. ¿Y si, a pesar de las evidencias históricas, la lógica y los libros de texto, resulta que todo empieza en Caral?

viernes 16 de octubre de 2009

2016 razones para coincidir con el COI

Si existe una organización aún menos democrática que Naciones Unidas es el Comité Olímpico Internacional, herencia del gran espíritu aristócrata de Coubertain, compuesto por unos señores que nadie sabe de dónde aparecen ni quién los elige. Ni siquiera los wikis; o sea, lo dicho, nadie. Un auténtico misterio que gestiona miles de millones de euros entre derechos, himnos, banderas y símbolos. Eso sí es un negocio y no las miserias de las fotocopiadoras que cobra la SGAE.

Nunca creí coincidir con el COI en nada hasta su última decisión. Ver al Rey Juan Carlos de Borbón -el máximo representante de las relaciones internacionales españolas que, como a los del COI, nadie nunca ha elegido- paseándose entre sus amigos de viajes y barcos, y el desfile de deportistas de élite -más de la mitad del presupuesto estatal en deporte-, alcaldes, presidentes del gobierno, presidentes de la oposición, etc., me causó profunda tristeza. Pensé que con Obama en las cercanías y Zapatero rondando los señores del COI acabarían decidiéndose por Chicago o por Madrid. Lula, al fin y al cabo, era más una promesa que una realidad. Hace unos meses, en Río, pude comprobar como ni los mismos cariocas pensaban que se les daría la oportunidad de celebrar unos juegos olímpicos. La ciudad maravillosa no está preparada, decían, y hay muchos intereses en contra.

Pero me sorprendió gratamente la decisión de los comerciantes olímpicos. Al igual que Andrés (vean sus acertados comentarios en mi blog recomendado) yo también me quedaría mil veces antes con Río que con cualquier otra ciudad candidata, y esto incluye, desde luego, Madrid. Por el precio de cuatro quisquillas y un plato de calamares a la romana en las cercanías de la Gran Vía, en Leme, al norte de Copacabana, pueden ustedes hartarse de marisco hasta decir basta, lo que incluye ostras frescas, langosta, cangrejos, y todo pescado imaginable del Atlántico. Los plásticos y basuras varias en las estaciones de metro madrileñas pueden cambiarlas por la subida a Santa Teresa cerro arriba con el siempre repleto bondinho, ese trenecito encantador que con certeza no pasaría ninguna medida de seguridad homologada en Europa; pero en Río esos detalles parecen menos importantes. Una vez en la cima del morro pueden escuchar las melodías de Elis Regina en la voz, siempre suave, de cualquier aficionado a la bossa nova, ente paredes viejas y pintadas de colores. El gin tonic en los intentos de botellón de la calle Huertas no aguantan comparación alguna con la caipirinha agridulce en cualquiera de los quiosquitos de Copacabana, frente al bairro Peixoto, o en Arpoador, cerca Ipanema. Los semáforos son para los peatones en la avenida Atlántica cuando los domingos se cierra al tráfico, y cariocas y turistas se mezclan en un paseo interminable, junto a la espuma de la playa, que sabe a agua de coco y huele a piel soleada. Las relucientes aceras madrileñas, cambiadas cada pocos años, palidecen al lado de las sinuosas líneas de Niemeyer, que mantenidas durante décadas han hecho del reflejo de Copacabana la inspiración de los paseos de playa que se precien de serlo. En fin, hay que decirlo, haría falta mucha imaginación para que un cantautor inspirado dedicara una pieza a la T4; poco tendría que ver con la magistral Samba do Aviao que compuso Tom Jobim para el aeropuerto de Galeao, aquel samba que comienza susurrando minha alma canta, vejo o Rio de Janeiro, estou morrendo de saudade.... (http://www.youtube.com/watch?v=W8a0-yEY9gs). 2016 razones o más: la tranquilidad de Urca, las noches de Ipanema, las sorpresas del centro, las vistas a la bahía de Guanabara, la música en los arcos de Lapa...

Así que, sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con los señores de Lausana, y alabo su buen gusto. Si continúan buscando ese tipo de aciertos, déjenme que de cara a los siguientes juegos les recomiende una ciudad africana que sería una perfecta candidata: Marrakech. Aunque esa sugestión necesitará ser explicada en otro momento.