Bajando por la carrera del Darro/Paseo de los Tristes, cuando ya había anochecido, Antonio me comentó que probablemente esa era la calle más bonita del mundo. Levanté los ojos y ahí estaba la Alhambra, Al Hamra , la roja, una de las primeras palabras que aprendí en árabe. En ese momento supe que tenía que subir, una vez más, a cegarme ante la belleza de los palacios nazarís, e imaginarme al niño Boabdil, rodeado del murmullo del agua y de olores de jazmín, recorrer los suelos enlosados pensando que estaba, realmente, en el paraíso. De todos los Boabdil con los que me he enfrentado, el que más me gustó fue el de Gala. Lo plantea como un hombre con sus fortalezas y sus debilidades. Quizás el hombre más desgraciado de la tierra, el que perdió Granada y, con ella, la Alhambra. Imagino su último vistazo hacia los muros rojos con la seguridad de no volver a verlos nunca más. No creo que llorara, a pesar de la historia cristiana del suspiro del moro ; de hecho, ya en ese momento no le de...
Aquí los tienen, tan campantes. Los caraduras son así. Les da igual la sustancia ética de sus decisiones con tal de salirse con la suya. Hay mucho en juego, y lo principal es construir más y más edificios y que sus amigos puedan vivir en livings frente al mar. La destrucción del Cabanyal está decretada desde hace más de una década por la alcaldesa valenciana Rita Barberá y bendecida por el President de la Comunitat Francisco Camps, ambos de la derecha más rancia del Partido Popular. Ay, les cogió por banda la crisis, y los negocios no son tan fáciles como antes. Pero da igual: lo importante en estos momentos es no bajarse del burro, no rectificar, no plantear nuevas soluciones a la ampliación de una avenida diseñada para acabar con el que podría ser el barrio emblemático de Valencia. Y seguir con la pala amenazando el Cabanyal. Pero, mientras tanto, los caraduras se atreven a inaugurar la exposición de Sorolla en El Prado. En un ejercicio de cinismo sin precedentes, posan riéndose...
Ayer por la tarde, mientras escuchaba los ruidos que desde la calle entraban amortiguados en la habitación, recordé que desde la primera vez que llegué a La Paz -y hace años de ello- sólo he dormido en la avenida Arce: en sus hoteles, entre la plaza del Estudiante y la de Isabel la Católica, y en el diminuto pero acogedor edificio que nos alquiló Fernanda en el Illimani, desde donde se veía el volcán a lo lejos. Todas mis noches paceñas las he pasado cerca de la avenida, entre el bullicio al caer la tarde - Pérez un boliviano Pérez un boliviano - y la tranquilidad de la madrugada. La Arce es algo así como La Paz, como Bolivia entera me atrevería a decir: un conglomerado de cosas que al principio parece desconcertante, y luego fascinante. No le falta nada: las señoras de pollera que cruzan la avenida haciendo recados y llevando bolsas, los colegiales que regresan a sus casas en grupo, o los ejecutivos encorbatados que salen de las oficinas de alrededor. En la Arce se encuentra el mejor...
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Me fui de Barranquilla y me dicen que estallaron lluvias torrenciales ;)