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Delfos, el fin y el principio

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Este año, durante un inolvidable viaje por Grecia, cumplí un sueño: conocer el oráculo de Delfos. Era una luminosa mañana de marzo cuando salimos de Atenas hasta Tebas, bordeamos el monte Parnaso y llegamos a ese pequeño pueblo que durante siglos tomó las grandes decisiones del mundo. La chica de la cafetería nos había dibujado amablemente la ruta en una servilleta de papel, para qué más, y con la servilleta en una mano y el deseo de conocer el oráculo en la otra, condujimos hacia el oeste, hasta el mismo borde del estrecho de Corinto. No sabía muy bien qué me iba a encontrar en Delfos. No creía que fuera lo mismo que desean encontrarse multitudes de turistas de pantalones cortos, sandalias y camisas de flores, cámara de fotos en mano, que esperan que una pitia alucinógena desde la roca les hable de su futuro exhalando fluidos y vapores. Yo pensaba que la cosa sería más discreta, pero no oculto que tenía la intuición de que el oráculo de Delfos incidiría en mi destino, quizás en s...

Los pilotos, nuevo sujeto revolucionario

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No se lo escuché a Marta Harnecker, sino que se lo leí a Decio en un mensaje que me envió cuando le comuniqué que mi avión, gracias a la huelga "encubierta" del SEPLA, salía con varias horas de retraso. Muy gentilmente, la chica que atendía en el counter de Iberia me dio a leer un papelito donde se denunciaba que el retraso era debido a la huelga de pilotos del SEPLA, y la compañía se lavaba las manos ante cualquier responsabilidad. "Pero eso es Iberia, ¿a mí qué me cuenta?" -le repuse, resistiéndome a lo inminente. "No es Iberia, es toda Europa", respondió la mujer, que indudablemente no entendía que la "E" de SEPLA califica de español al sindicato. Y yo la verdad es que no sé, ni me importa, si será español, en particular cuando escucho el acento de los pilotos al despegar o al aterrizar (aquello de buenos días, les habla el captain); lo que sé es que no parece que sea sindicato. O, por lo menos, los sindicatos ya no son lo que eran. Antes, ...

Lo que importa y lo que no

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En el Mr. Books de El Jardín encontré hace unas semanas la versión de EDAF del Bhagavad-Gita, ese episodio del Mahabharata que sintetiza el pensamiento hinduista del que bebió el budismo. No lo estaba buscando, pero llegó. Aunque hayan pasado más de dos mil años desde que se escribió, o justamente por eso, muchas de sus partes son de una actualidad sorprendente. Entre ellas, aquella diferenciación que fue lo que más me atrajo del pensamiento budista cuando empecé a interesarme por él: la distinción entre lo que importa y lo que no importa. El Bhagavad-Gita no lo dice exactamente así, pero la referencia, como dirían los juristas, es tácita. De hecho, no se refiere expresamente al samsara, la rueda de la vida que se repite mientras se aprende, una y otra y otra vez. Pero sí habla del pensamiento hacia adentro, es decir, del hecho de reflexionar sobre lo que realmente importa. El ejemplo del cuerpo de la tortuga que incluye el Bhagavad-Gita es difícil de superar. "Quien desvía lo...

Ir para siempre regresar

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Hay pocas ciudades a las que uno regresaría siempre. Mi principal es Bogotá. No sólo por la biblioteca Arango y el Juan Valdez del museo Botero, ni tampoco por el restaurante japonés de la zona T, aunque no me lo pierda en cada una de mis visitas. Ni siquiera por los teatros de la Candelaria, ni por el Café Oma de la 93, ni por el Corral de la gasolinera Texaco de la séptima y el sabor de sus hamburguesas de madrugada, casi al amanecer. En el caso de Bogotá es por los amigos que llegaron tan de repente como de repente pasaron a ser importantes en mi vida. Aparecí por la Universidad Externado hace tres años y nunca me quise ir. Fui a buscar y lo que pasó es que encontré: encontré el sabor de la verdadera hospitalidad, bañada de tarta de amapola en el café-librería de la universidad, y encontré el calor de nuevos amigos cuando creía que los amigos de verdad ya habían aparecido. Salí del Externado apresuradamente por razones profesionales que no vienen al caso, pero lo cierto, y eso lo e...

Caracalla, Széchenyi y Papallacta

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Entre las termas de Caracalla y las de Papallacta no hay sólo una distancia de algo más de diez mil kilómetros, según googlemaps, sino una verdadera diferencia en obtener el agua caliente. Los romanos en tiempo de Antonino -y no de Caracalla, que se apuntó el tanto- tardaron cinco años en construirlas, de los cuales dedicaron largo tiempo a descubrir cómo calentar el agua a través de dos hornos alimentados por las llamas que avivaban los esclavos. En Papallacta la cosa es más fácil: sale el agua caliente del fondo de la tierra y uno se sumerge en la piscina al aire libre. Usted sólo tiene que correr hacia ella con poca o ninguna ropa, procurando no pasar mucho frío (en el páramo no calienta mucho el sol), introducirse lentamente en el agua, y dejar que le inunda una sensación de bienestar difícil de describir. Salvando las distancias, la cosa recuerda a las memorables termas Széchenyi, en Budapest, las que quedan cerca del zoológico y, en especial, del mejor restaurante del país (y ...

Y usted, ¿qué necesita?

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Así es la cosa. Todos necesitamos algo, unos más que otros. Yo, por ejemplo, necesito que los de Tvcable se dignen a instalar el servicio que estoy pagando todo el mes y que no disfruto desde que cambié de apartamento. Han pasado dieciocho días desde aquello, dieciocho eternos días sin poder ver la serie de ciudades perdidas que pasan por el History Channel. Tampoco es que el cable me sirva para mucho más; no hay tiempo. Pero la televisión al aire ecuatoriana ofrece poca alternativa. Y los paseos de Josh Bernstein por la pirámide de Deydefra o buscando la ciudad Z entre los kuikuro amazónicos tienen, puedo jurarlo, capacidad de escape. También los budistas necesitan algo, aunque digan que no. El budismo se basa justamente en el desentendimiento de las necesidades, pero he aquí la gran paradoja: la llegada al nirvana también es una necesidad. No se practica la meditación de la burbuja ni se interna uno en el convento tibetano por amor al arte, sino por amor a la iluminación. Una ilum...

No todos los días se cumplen cuarenta años

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Y yo tampoco lo hice ese día, pero ya voy en camino. De todas formas, si mi cumpleaños es con Ángela, con Katushka y con Fabiola, cumplir cuarenta, cincuenta o sesenta no parecerá tan grave. Ya sé lo que no faltará: no faltará un buen plato de pescado, -en este caso róbalo sudado con chupe de camarones- bañado con vino blanco bien frío; no faltará una noche apacible en Lima (noviembre ya es casi verano), con suave brisa del oeste, y no faltará el mar. No falt arán pisco souers, ni maracuyá souers, aunque dos de cuatro tengan que pasar el día siguiente en la cama. No faltará una buena conversación sobre el presente, el pasado y el futuro y, especialmente, no faltarán amigas como ellas. También sé lo que no tendremos: no estará Cala, porque han perdido el litigio contra la Municipalidad, y posiblemente desaparezca esta oportunidad de cenar al alcance de las olas. Es mi segundo cumpleaños en Lima, y a Ángela le debo haberme mantenido derecho en las dos ocasiones a pesar de los rones y ...