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Hablando japonés en Sampa

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No, no es un mercado callejero de Tokio, aunque lo parezca. Es una tienda del barrio japonés de Sao Paulo, esa ciudad de contrastes y revelaciones que los brasileños llaman cariñosamente Sampa. Pasan los años y Sao Paulo sigue siendo una cajita de sorpresas con sabor a añejo. La añejada proviene de quince años, que no está del todo mal. En aquel momento me encontré envuelto sin querer en las historias de una ciudad como la que nunca había soñado abarcar. Los atardeceres en Anhangabahú -el valle del diablo-, cruzar el puente del Chai frente a la ópera, la pasta de las trattorias de Bechiga -mejores que las napolitanas, mi spiace bella Napoli-, la catedral neogótica y neoghotica -Batman dixit-, la frescura de Jardims, y los domingos en el MASP y el Trianon. Recorrer con Cicero algunos recovecos que no podrían calificar para gente de bien. Dormir en el Ca d´Oro por el retraso de la VARIG prequiebra, y ver espectáculos en vivo en bares poco confiables de la plaza Roosevelt como nunca más...

Las Alasitas y la pintura de Santa Cruz

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A las puertas del carnaval, es tradición paceña comprar deseos en pequeño. El mercado de las Alasitas es un rito, donde uno elige qué desea para el futuro cercano: si es una casa nueva, o reparar la suya, adquiere una miniatura de construcción con sus carros de obra y con garaje. Si prefiere viajar, un pasaporte que cabe en la palma de la mano. Así se pueden comprar objetos pequeños para casarse, para tener salud, para conseguir el título universitario... y por supuesto, dinero. Montoncitos de dólares y de bolivianos en tamaño miniatura que harían las delicias de los pequeños. Pero cuidado: con las Alasitas no se juega. La cosa va en serio. Que se lo pregunten si no a aquella señora que con ilusión llevó sus "alasitas" a los parientes en los Estados Unidos y la detuvieron en la aduana norteamericana por falsificación de moneda. Desde la primera vez que me llevó Alejandro, hace algunos años, intento no perderme unas Alasitas. En esta última ocasión, con Katia y más amigos h...

Si no hay final no hay principio

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El hecho de que el Cabo de La Nao fuera el entorno de mi infancia y adolescencia tenía algunos efectos particulares. Quizás uno de los más prácticos era recibir el nuevo año mirando hacia la salida del sol. Es lo que nos pasa a los del mediterráneo occidental: que hemos vivido saludando a los amaneceres. Levantarse al alba para ver la diminuta esfera solar era obligado después de una noche como la última del año, cuando con sabor a leña, los ojos achinados por el sueño y algo de frío, nos cobijábamos bajo los abrazos para disfrutar del aire fresco de la mañana y de los primeros rayos del nuevo periodo que parecía abrirse ante nosotros. Quizás sea por la madurez que necesariamente conlleva el paso del tiempo, pero ahora prefiero disfrutar de los atardeceres, y apuesto por éstos durante el último día del año. Mirar por ejemplo al Pacífico desde las alturas de Barranco, ese extraño barrio limeño donde parece que no haya pasado el tiempo, significa darse cuenta más de lo que se ha ido ...

¿Y si todo empieza en Caral?

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A unos doscientos kilómetros al norte de Lima, en el valle de Supe, se encuentra Caral, "la civilización más antigua de América" de acuerdo con lo que defienden sus promotores. Hace sesenta años fue iniciada la investigación por arqueólogos norteamericanos entre los que se encontraban Paul Kosok y Richard Schaedel. Las diferentes aproximaciones al lugar por parte de los historiadores fueron colmadas ya en la década de los noventa por la investigación de Ruth Shady, profesora de la Universidad de San Marcos y fundadora-directora del proyecto arqueológico Caral-Supe. La Dra. Shady ha hecho de Caral el centro de su vida profesional, y le ha dedicado al sitio alrededor de una decena de libros, así como un número importante de artículos científicos. El resumen de la importancia de Caral, según sus promotores es el siguiente: en los manuales de Historia de todo el mundo, a partir del auge de las teorías difusionistas, se plantea que el neolítico apareció hace más de diez mil a...

2016 razones para coincidir con el COI

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Si existe una organización aún menos democrática que Naciones Unidas es el Comité Olímpico Internacional, herencia del gran espíritu aristócrata de Coubertain, compuesto por unos señores que nadie sabe de dónde aparecen ni quién los elige. Ni siquiera los wikis; o sea, lo dicho, nadie. Un auténtico misterio que gestiona miles de millones de euros entre derechos, himnos, banderas y símbolos. Eso sí es un negocio y no las miserias de las fotocopiadoras que cobra la SGAE. Nunca creí coincidir con el COI en nada hasta su última decisión. Ver al Rey Juan Carlos de Borbón -el máximo representante de las relaciones internacionales españolas que, como a los del COI, nadie nunca ha elegido- paseándose entre sus amigos de viajes y barcos, y el desfile de deportistas de élite -más de la mitad del presupuesto estatal en deporte-, alcaldes, presidentes del gobierno, presidentes de la oposición, etc., me causó profunda tristeza. Pensé que con Obama en las cercanías y Zapatero rondando los seño...

La mirada de Bolívar

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El Hatillo es uno de los municipios del distrito metropolitano de Caracas, y el que más conserva la personalidad de las casas viejas, coloniales, que alguna vez poblaron todo el valle al sur del Ávila. Hoy en día Caracas es un entramado de autopistas y edificios que en ningún momento parecen apuntar hacia lo que en algún momento fue. Buscar el rastro colonial caraqueño entre el asfalto y el desarrollismo de los setenta es casi un imposible; apenas un par de calles donde pervive, por fortuna, la casa natal de Bolívar,y algunas islas arquitectónicas de entornos no siempre agradables, como La Pastora o Petare. Pero a pocos kilómetros del centro de la ciudad, que pueden convertirse en un recorrido largo según el tráfico y las lluvias que producen las "colitas" de la autopista del Este, se encuentra este remanso que es El Hatillo, conocido históricamente por haber producido a varios de los venezolanos que pidieron la independencia del país hace ya doscientos años. Como en todos...

"Los hombres que no amaban a las mujeres" o cómo dejarse atrapar por una novela de 666 páginas

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Mi afición por la novela negra empezó por lo sencillo y fue menguando a medida que iba descubriendo otras cosas que involucraban más tiempo y más recompensas intelectuales. En el momento en que me preguntaba qué mente privilegiada podía imaginar un final aceptable para Diez negritos , por razones familiares (prohibición de un padre a un hijo adolescente) no pude ir al encuentro de seguidores de Agatha Christie -esa vieja aburrida que sabía escribir, como una vez me comentó un amigo- en Mallorca, con la excusa de que tiempo tendría para hacerlo; nunca más se reunieron o, al menos, ya no se me cruzó la oportundad. Con Arsenio Lupin, ladrón de guante blanco, pasé varios veranos oliendo a jazmín durante las noches en el cabo, cuando mientras caída la tarde, llegaba el fresco, y sonaba el ruido de los grillos en los pinares, el caballero ladrón se burlaba de todo y de todos con el descaro que le caracterizaba Luego vinieron algunos clásicos, incluso títulos de la tierra, como aquellos impe...